martes, 12 de julio de 2011

Requiem a mi padre o nociones antojadizas sobre un aprendiz de padre y un intento de hijo…

Lo que mi viejo me enseñó, y lo que me legó...


*El Balthus Chileno dijo mi hermano en un tono asertivo y algo melancólico...

Mi padre, un hombre bueno, sus manos dibujaban mejor de lo que mis palabras describen el paso de un día en mi propia vida...*


Paso 1:

Música incidental, banda sonora y recomendaciones pomposas...

La inútil e insoportable nostalgia.


Pequeño era, cuando recuerdo sonar por primera vez el maravilloso receiver/tocadiscos Sony de mi padre… Obviamente, era un sábado por la mañana y la casa olía alternadamente, sábados por medio, a longanizas ahumadas, pizza y pailitas (preparación Uruguaya aprendida por mi madre en sus tiempos Revolucionarios- Clandestinos - Tupamaro).

Por los parlantes sonaba Mozart, era el Requiem (K 626), la parte que cautivó mi atención en ese momento fue "tuba mirum", donde cantan un Barítono, Tenor, contralto y Soprano, primero se presentan individualmente y luego instrumentalizan juntos la resolución de la pieza, nunca entendí porque me cautivó hasta que aprendí música y comprendí que estaba hecha para eso como parte de la misa de Réquiem.


Mayormente después de escucharla por completo, me cautivó, el Lacrimosa, el Kyrie Eleison (señor ten piedad en griego, una de las pocas partes de la misa de Requiem en Griego y no en latín), hoy toda la obra cobra sentido ante la partida de mi padre (recomiendo la versión de la sinfónica de Berlín dirigida por Herbert von Karajan o la Filarmónica de Viena).


También me marcaron los cuartetos de cuerda de Beethoven, en particular el cuarteto en Do sostenido menor opus 131 (IV movimiento Adagio quasi un poco andante, recomiendo la versión del Alban Berg quartett, de la EMI).


Las sonatas para piano eran el momento en el cual mi padre se conectaba con mi abuelo paterno, y su colección de sonatas interpretadas por Arrau para la EMI, quien no lo hubiese hecho (Escuchar también a Vladimir Horowitz y la sonata Waldstein).

Bach y su clave bien temperado…

Recuerdo la admiración de mi padre por Bach (quizás por su habilidad para criar tantos hijos y ser prolífico en el intento) y la frase que siempre me decía:

“Cuando escuchas a Bach, crees en dios…”; Frase algo contradictoria para un ateo como él, pero que es la vida sin las contradicciones).

Las Suites para Cello de Bach, era esta la música de fondo cuando pintaba en su taller, y me llamaba mucho la atención en esos años la calma de la música y la violencia de la pintura, una vez más las contradicciones (quizás la más famosa es el preludio para la suite nº1, Bwv1007, interpretadas por yoyo ma o Mischa Maisky, muy buenas).

Chopin y su romanticismo completo era la antítesis del viejo, pero le gustaba, contradicciones una vez más. (Recomiendo la Ballade Nº1 interpretada por Zimerman).


Más adelante comprendí que el jazz era la nata del asunto.

Conocí a Miles Davies y Kind of Blue, no le presté la debida atención hasta entrado en la vida misma, ya que en esos años la efervescencia política le quitó el peso a Davies, Coltrane, Sinatra, Martin y compañía. Y la nata quedó relegada a nuestra regada vida adulta.

Recuerdo la Radio Cooperativa, que en esos años estaba llamando, y a los Inti como banda sonora de una infancia desvencijada pero llena (o quizás no tanto) de buenos recuerdos; también a Silvio Rodriguez (como figura de lucha y no como rasca figura pop), quien convivía junto a Bob Dylan y Joan Baez, en una casa que tocaba cacerolas al atardecer.

(Largas jornadas frente al piano y la muerte de mi abuelo me enseñaron que Silvio era un objeto de escucha y no de interpretación, recomiendo, oh Melancolía, introducción gentileza del señor Ludwig Van Beethoven).

Paso 2:

Pinturas, linos, bastidores y trementina.

Entre todos los recuerdos pictóricos de mi infancia, recuerdo un libro de Edward Hopper y uno de van Gogh en particular, pero el que más me marcó fue el de Francis Bacon.

Me parecía sucio, decadente e insolente (autorretrato de 1972 y estudio para retrato de Isabel).

Aprendí a mirar a Rembrandt con otros ojos, y no con los ojos de un niño, aburrido de ver a un señor antiguo que pintaba señoras antiguas… La sombra, el trazo, la soledad (mujer con un Clavel).

Caravaggio el maldito, crudo, hosco, salvaje y camorrero, en común solo tenían el nombre, Michelangelo.

Caravaggio muere insolado, nunca vi a mi padre tomando sol, quizás solo lo admiraba como pintor. (La duda de Santo Tomás, la resurrección de Lázaro y el sacamuelas)

Picasso era un hijo de puta, decía mi viejo, pero hay que separar al hombre de su obra…

En el caso de Dalí... No había caso… Para él era inseparable el hombre (Salvador) de la pintura (Dalí), a quien consideraba insoportable en ambos sentidos… Las maravillosas contradicciones una vez más.

Recuerdo su taller que olía constantemente a trementina y médium, en el cual tropezabas con los rollos de lino y los bastidores del Salustio, siempre entre amigos, la Bernardita, la Mariana y el Maino.

Quizás el mejor y más completo sueño de mi padre, el que pudo completar del todo durante los mejores años de su vida.

Paso 3:

Libros, libros y algunas revistas

La revista estadio y sus portadas con Photoshop sesentero fue el papel mural de mi infancia, junto a APSI, Análisis y algunos libros cuidadosamente forrados con cartulina roja.

Recuerdo haber conocido a José Manuel Moreno, El Sapo Livingstone, Godfrey Stevens y a Rene Meléndez (a quien mi abuela detestaba por trotón), entre otros, a través de las páginas de estadio.

Recuerdo también una portada del Fortín Mapocho (creo) con los nombres de Nattino, Parada y Guerrero, junto a un ejemplar de Análisis con la foto de Pinochét en portada mostrando donde se le había aparecido la virgen en un parabrisas por allá en el melocotón (creo que mi viejo rió muchos días con ese mote).

El Corsario Negro (Salgari), Tom Sawyer (Mark Twain) entre otros fue lectura de primera mano en mi infancia.

Después de una exposición de mi viejo cayó en mis manos “La increíble y triste historia de la Cándida Eréndira y su abuela desalmada” (García Márquez), el cual me marcó mucho (quizás una errónea segunda lectura por parte de un niño muy leso). Ante ese derroche de lecturas no dirigidas mi padre me entregó una copia de “La vida exagerada de Martin Romaña” (Alfredo Bryce Echenique), creo que pocas veces he reído tanto con un libro.

Cuando la vida se hacía algo mas entretenida, tomé por recomendación suya Dublineses y Ulises (Joyce), y comenzó el monologo interior (gracias papá).


Una biografía de Pedro el grande me quitó el sueño durante un mes y medio, y un libro sobre Treblinka (J F Steiner), cuyo crudo relato, me produjo una incontrolable curiosidad por la Segunda Guerra mundial, que mantengo hasta el día de hoy.


Sin embargo me cautivaron clásicos “prohibidos” como el materialismo dialectico y el Capital (forrados en cartulina roja), años más tarde me daría cuenta que bien merecían estar cubiertos con cartulina roja…

A modo de homenaje y despedida la pomposidad de lo anterior no pretende ser, bajo ningún punto de vista mi visión sobre el legado de mi viejo, solo un acercamiento a lo material e inmediato que me rodea y me produce sensaciones de nostalgia y pérdida.

Lo legado está en la vida, el cariño y en la mayor lección de todas…

Sé un buen hombre… es quizás este el mayor legado de mi padre, el intangible a simple vista, pero aun así el primero que me vino a la cabeza cuando me golpeó su muerte.


Hasta siempre Miguel…

1 comentario:

Mariana Varela dijo...

Gracias por lo que escribiste de Miguel....buen aprendiz de hijo, buen intento de padre....muy lindo y profundo el Requiem....demas que lo tuyo pueden ser las letras....cariños